JACOBO ZABLUDOVSKY


Bucareli
Jacobo Zabludovsky
14 de abril de 2008

Viabilidad

Lo que está en juego es la viabilidad del gobierno de Felipe Calderón.

Por primera vez en la traumática historia del México independiente, las dos cámaras legislativas han sido clausuradas, tomadas sus tribunas, impedidos sus trabajos como consecuencia de una protesta que obliga a pensar si el gobierno es viable.

Acudo al diccionario de la Real Academia Española en sus dos definiciones de viable. Una, cuando se habla de un asunto: “Que, por sus circunstancias, tiene posibilidades de poderse llevar a cabo”. Otra al referirse a un camino: “Por donde se puede transitar”. No se habla de una fractura, que equivaldría a la interrupción del sexenio, sino de lograr sus fines, poderse llevar a cabo, poder transitar hasta obtener lo que se propone. En ambos casos, aplicados los conceptos al examen del quehacer político de Calderón, son inevitables las dudas.

El actual conflicto empezó con la transmisión del manipulado engendro de cinco minutos donde se ofrecía a los mexicanos el tesoro escondido como equivalente de la lámpara de Aladino. Más tarde, la polémica sobre un proyecto legislativo tan esperado como desconocido. El lunes pasado en Chiapas, el presidente Calderón contestó a un periodista: “No sé, ya veremos”. Unas horas después, el documento que abarca 12 temas llegó tan intempestivamente al Senado en manos de la secretaria de Energía, que agarró al líder del Senado cuando emulaba al Tigre de Santa Julia, y el documento fue entregado a uno de sus ayudantes.

El presidente Calderón apareció esa noche en cadena nacional de televisión. Al día siguiente en entrevistas similares dentro de los noticieros más importantes, se abría un debate condicionado a llegar a la aprobación de lo propuesto antes de terminado este mes. Funcionarios de todos los niveles hablaron en todos los medios sin dejar grietas por donde pudieran colarse opiniones divergentes. El problema complejo, sensible para los mexicanos, difícil de entender y más de solucionar, debía abrirse a más voces más tiempo, todo el que sea necesario, dijeron intelectuales tan distantes de Calderón como cercanos los hombres de negocios que un día sí y otro también, desayunan, comen o cenan con él.

La ausencia de un secretario de Gobernación ha sido hoy más notable que nunca.

La exhibición de documentos que lo ubicaban entre el tráfico de influencias y el conflicto de intereses fue para Juan Camilo Mouriño un descontón tan certero como los ganchos al hígado que hicieron campeón a Kid Azteca. A ese colaborador, es un decir, comisionó el Presidente el “manejo” de la maraña fenomenal conocida con el nombre de reforma energética. Sobre el peso de la acusación, se acumuló el de su inexperiencia: las tres ocasiones en que ejerció en los medios cómodos su legítimo derecho a la autodefensa, fueron de llorar. Y hoy, vistos los catastróficos resultados de su “manejo”, no le otorgarían licencia de manejar ni en Campeche.

Vuelve el enigma de la viabilidad. Entre las cosas, pocas, que los Fox dejaron en Los Pinos, se encontró un manual de la serie Hágalo usted mismo, con el título Cómo revivir al Peje en menos que canta un gallo. El gallo, como todo gallo que se respete, ha cantado tres veces.

La primera fue cuando se exhibieron los videos de Ahumada en Televisa: dos funcionarios del Distrito Federal se embolsaban tantos billetes que no les cabían en las bolsas de su pantalón, ni siquiera en maletas especiales. Amigos y enemigos dieron por muerto al Peje, pero resultó que este tipo de fauna recibe las radiaciones atómicas como si fueran emulsión de Scott y en vez de morir, salió de las aguas más gordo y contento.

El segundo gallo cantó cuando se descubrió que López Obrador había cometido desacato y era acreedor al desafuero equivalente a un boleto de viaje sencillo al penal de Almoloya. Durante nueve meses, el señor Fox defendió la pureza de la ley y los principios constitucionales. Distinguidos juristas, novelistas, historiadores y líderes de opinión aplaudieron a morir, cuando una dulce voz lo alertó: “Mi vida, no has pensado cómo se va a ver en el mundo una primera plana de The New York Times con ese desgraciado tras las rejas”. Freno y reversa. El Peje salió por su propio pie, permítaseme el absurdo tratándose de un pez.

El tercer gallo está cantando, y el señor Calderón, siguiendo al pie de la letra el manual heredado de los anteriores inquilinos de Los Pinos, le inyectó vitaminas a un Andrés Manuel que pasaba las de Caín para que alguien le abriera un micrófono, una pantalla o lo mencionaran en la más “méndiga” de las columnas. El Peje debe agradecerle que lo ninguneara. Lo sacó del ostracismo. En esas estamos hoy cuando sólo se ha cumplido una cuarta parte del sexenio. Se acabó el tiempo de echar cohetes y llegó el de levantar varitas. Otros temas proyectan su sombra hacia el futuro. El narcotráfico incontrolado y, al parecer, incontrolable. La delincuencia común saliéndose de madre, la pobreza más honda mientras la riqueza se concentra más en menos manos, la corrupción en auge. Y una especie de inquietud creciente por la cercanía estrecha y pública del Poder Ejecutivo con algunos de los personajes más repudiados por los mexicanos.

¿Viable?

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